El activismo social (y el pensamiento crítico) frente al banquillo

    10/02/2026.
    La Rebelión Científica tiñe de rojo el Congreso (fuente https://www.elsaltodiario.com/cambio-climatico/rebelion-cientifica-tine-rojo-congreso)

    La Rebelión Científica tiñe de rojo el Congreso (fuente https://www.elsaltodiario.com/cambio-climatico/rebelion-cientifica-tine-rojo-congreso)

    En las próximas semanas se sentarán frente a la jueza, por resistencia grave a la autoridad, tres activistas climáticos por una protesta no violenta realizada en 2019 por la inacción política frente a la tragedia climática. Entre los activistas acusados, aparece Jorge Riechmann, profesor titular de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Madrid, ensayista, poeta y activista social, y que, durante un largo tiempo, fue nuestro compañero en la Fundación 1 de Mayo y, sobre todo, del Instituto Sindical Trabajo, Ambiente y Salud de Comisiones Obreras. Jorge tiene también otro juicio pendiente, aún sin fecha pública, junto con catorce activistas más, esta vez acusado de daños contra el patrimonio histórico por otra protesta promovida por Rebelión Científica en 2022.

    Por desgracia, empieza a ser más habitual de lo normal procesar a aquellas personas que osan poner en cuestión el status quo. No es, por otro lado, algo novedoso en la vida social y política. A modo de ejemplo, podríamos recordar el reguero de sindicalistas que, simplemente por el hecho de exigir unas condiciones laborales más dignas, han acabado acusados de delitos muy similares. Y es que, como ya sabemos, poner en duda la jerarquía social siempre ha sido un deporte de alto riesgo. Por cierto, no solo en países que consideramos, desde el etnocentrismo de moda, que presentan unos estados de derecho con escaseces democráticas, sino también, y esta es la novedad, en las laureadas y, cada vez más deterioradas, democracias liberales occidentales, incluida, por supuesto, la española.

    Es evidente que, a poco que profundicemos en estos procesos, el supuesto atentado contra el patrimonio público o la desobediencia a la autoridad son una mera excusa para acallar y disciplinar a aquellas voces críticas que nos alertan de ciertos males sociales: desde la deriva ecocida, al empobrecimiento de las clases trabajadoras o la exclusión social de amplios grupos sociales. El poder económico, y por lo tanto mediático y político, no se anda con miramientos ante aquellos colectivos que intentan transgredir su “verdad”, siempre ligada, todo sea dicho, a espurios intereses económicos. Lo estamos viendo con gobiernos como el de Milei, Trump o Meloni: nadie puede osar poner en duda la explotación laboral; nadie puede poner en duda el extractivismo neocolonial; nadie puede poner en duda la acumulación del capital y la concentración de la riqueza, el egoísmo individualizante y la ambición económica.

    Jorge señalaba muy acertadamente en una de sus entrevistas que “el cambio climático es el síntoma, pero que la enfermedad es el capitalismo”. Una verdad que tensiona el espíritu de época, esa hegemonía cultural en la que nos socializamos y que nos gobierna. Ni que decir tiene que el compañero Jorge estaría totalmente de acuerdo en añadir a las cuestiones ecológicas, otras sintomatologías, como la desigualdad social, la deshumanización de la migración, la pobreza o la precariedad laboral. Todos ellos, siguiendo el símil médico, representan ese marco clínico que define la enfermedad que padece la Humanidad: el capitalismo. Sea cual sea el perfil histórico que adopte, sea cual sea el nivel de autoritarismo que lleve incorporado.

    Este poder, utilizando distintos resortes institucionales a los que tienen acceso directa o indirectamente y, por supuesto, sus medios de comunicación y redes sociales, se muestra, sin embargo, sumamente benévolo y condescendiente frente al odio y la violencia desatada hacia las personas pobres, hacia los que tienen otro color de piel, religión o género distinto al endiosado “hombre blanco heterosexual”, hacia los que tienen ideologías políticas emancipadoras e igualitarias, o frente la furia desplegada, sin tapujos, por parte de las diferentes variades de (neo) fascismos que, a día de hoy, recorren inmunes nuestras sociedades. Mientras, a contrario sensu, este aparataje estatal y social se muestra implacable, insensible, drástico, frente a aquellas personas, colectivos, organizaciones, sindicatos…, que defienden un modo de vida distinto: más democrático, más saludable, más justo y más sostenible. 

    La honestidad, la compasión, la humildad, la bondad…, esa belleza a la que cantaba Luis Eduardo Aute, y que representan personas como Jorge Riechmann, están siendo ajadas, desvalorizadas, por ese mercado individualizante, del tanto tienes, tanto vales, que menosprecia al ser humano y a la Naturaleza. Nos enfrentamos sin tapujos a actuaciones políticas, jurídicas, policiales, comunicativas, e incluso académicas furibundas, que quieren gobernar el mundo a golpe de servidumbre. Hablamos de esa llamada “ilustración oscura” guiada por ese 1% de la población mundial que explota económicamente, no solo los recursos naturales, sino a las mayorías sociales que pueblan el planeta.

    Sentar en el banquillo de los acusados y acusadas a personas que representan, entre otras, el pensamiento crítico, y al activismo social que debe conllevar, es la mejor forma de cercenar, no solo algunos pilares institucionales de las democracias liberales, sino los derechos y libertades que la encarnan. Lo que se pone en estos procesos judiciales no es la forma de protesta, sino el propio derecho a la protesta.